Las protestas en Irán y su trasfondo geopolítico

En los últimos días han surgido expresiones de apoyo en distintas ciudades para expresar su apoyo a las manifestaciones contra el gobierno islámico de Irán. Los símbolos enarbolados durante las movilizaciones y en particular la bandera tricolor permiten vislumbrar el trasfondo geopolítico de las aparentemente genuinas muestras de descontento contra el ejecutivo iraní y su relación con los intereses de Estados Unidos en Asia Central.

La bandera utilizada para mostrar apoyo al pueblo iraní en las recientes protestas es una enseña tricolor con el león y el sol dorado en su franja central. Este último símbolo fue introducido por la dinastía safávida que gobernaba el país durante el siglo XII y desde ese momento se convirtió en el emblema de Persia (hoy Irán) hasta la Revolución Islámica. Sin embargo, este símbolo representa particularmente al régimen que gobernó el país hasta 1979 encabezado por el shah Muhammad Reza Pahlaví y que se destacó por su estrecha colaboración con Estados Unidos.

Para comprender la situación de Irán previa a la Revolución Islámica de 1979, es necesario recordar que Mohammad Reza Pahlaví accedió al trono en 1941 tras la abdicación de su padre Reza Pahlaví forzada por Estados Unidos y Gran Bretaña debido al temor de tales gobiernos a que éste suministrara petróleo a la Alemania Nazi en plena Segunda Guerra Mundial. Desde ese momento el reinado del shah se vería marcado por su alineación a Washington.

Durante los años 50 el país intentó establecer una monarquía constitucional con el shah Reza Pahlavi como jefe del Estado y un primer ministro con respaldo parlamentario al frente del gobierno. En 1951 Mohammad Mosadeq gana las elecciones y logra convertirse en líder del Ejecutivo; una de las medidas de su programa político fue la nacionalización del petróleo iraní controlado por empresas estadounidenses y británicas, acción que se concretó en 1953. Como respuesta, la CIA y el MI 6 británico impulsaron un golpe de Estado que acabó con la destitución y arresto de Mosadeq, así como con la instauración de un régimen autoritario gobernado de forma absoluta y personal por el shah.

En plena Guerra Fría, la alineación del shah resultaba clave para Washington para el suministro de petróleo. De la misma forma, el país formaba parte de la estrategia de contención contra la Unión Soviética  impulsada por el Departamento de Estado consistente en rodear a la URSS y naciones aliadas con países cuyos gobiernos colaboraran con los Estados Unidos.

Durante este periodo, los beneficios de la exportación del petróleo iraní quedan mayoritariamente en manos extranjeras, permaneciendo una fracción de los dividendos en poder del shah y una reducida élite. Mientras tanto, alrededor del 70% de los iraníes sobrevivía en condiciones de pobreza según cifras de los años setenta. Esta situación junto con el autoritarismo de Reza Pahlavi que llevó a la represión violenta de la disidencia, desembocó en las movilizaciones de la Revolución Islámica encabezada por líderes religiosos que puso fin a su gobierno a principios de 1979.

Para Estados Unidos no significó un problema que la dictadura del shah fuese sustituida por una República Islámica. Lo que resultó intolerable fue que el nuevo gobierno encabezado por los ayatolas decidiera nuevamente la nacionalización del petróleo iraní y que estableciera relaciones de cooperación con la Unión Soviética. Desde este momento, Irán se ha posicionado en contra de la hegemonía estadounidense y sus distintos presidentes han realizado acercamientos con gobiernos con situaciones similares. Destaca en este sentido la colaboración impulsada por Mahmud Ahmadineyad con la Venezuela de Hugo Chávez que se tradujo en intercambios de tecnología y conocimientos.

El territorio iraní ha sido desde la antigüedad una encrucijada entre el mundo mediterráneo y los países de Asia Oriental; por este papel clave para el comercio, el país ha sido objeto de ambiciones imperiales, desde Alejandro Magno, pasando por los partos, los árabes y los mongoles, hasta la actualidad. En la última década, Irán se ha sumado al proyecto de la Nueva Ruta de la Seda impulsado por China, lo que constituye una razón más para que desde Washington se presente un descontento con el régimen islámico.

Desde el triunfo de la Revolución Islámica, Estados Unidos ha intentado de diversas maneras acabar con el régimen de los ayatolas. Primero con el apoyo al Irak de Saddam Husein para que su ejército invadiera Irán en un guerra que duró ocho años. Posteriormente con sanciones económicas al comercio con Teherán, y en 2025 con el apoyo tácito brindado a las agresiones realizadas por Israel. Ante esta lectura de la historia es posible entender las amenazas del presidente Trump sobre una eventual agresión contra Irán, así como su interés en respaldar las protestas en el país persa.

A los intereses de Estados Unidos resulta conveniente un cambio de régimen en Irán que derive en la instauración de un gobierno alineado con Washington. En primer lugar, será posible asegurar el abasto de combustible para esta potencia. De la misma forma, sería posible obstaculizar la Nueva Ruta de la Seda si un nuevo ejecutivo pusiese fin a los acercamientos con Pekín y Moscú. Ante los hechos descritos, las protestas en Irán deben leerse en clave histórica y geopolítica.

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