Juventud y Poder Público: ¿Estamos escuchando lo suficiente?

Una generación exigente, crítica y propositiva busca no solo participar, sino transformar el poder público desde adentro. El desafío: abrirles la puerta más allá del discurso.

México es un país joven. Según el INEGI, más del 30% de la población tiene entre 15 y 29 años. Sin embargo, la juventud sigue siendo una de las voces menos representadas y menos influyentes en los espacios de toma de decisiones. Paradójicamente, se les exige responsabilidad cívica, compromiso y liderazgo, mientras se les margina de la participación. ¿Qué implicaciones tiene este desfase entre lo que se espera de las juventudes y lo que realmente se les permite hacer?

Este artículo plantea una reflexión crítica y propositiva sobre la necesidad urgente de reconocer a las juventudes como actoras políticas fundamentales en la evolución del país, no como una “sucesión generacional ” pasiva, sino como protagonistas con agenda propia.

Juventud: ¿una categoría política ignorada?

Durante años, el término “juventud” ha sido utilizado en los discursos institucionales como sinónimo de futuro, esperanza o incluso “recurso social”. Pero en la práctica, rara vez se les considera sujetos de derechos plenos, y aún menos, sujetos de poder. La política pública suele limitarse a programas asistencialistas, becas o actividades recreativas, sin atender los verdaderos desafíos que enfrentan: exclusión laboral, precariedad, violencia, estigmatización, criminalización o nula incidencia en políticas estructurales.

En muchos casos, la juventud es vista como “una etapa de transición” que debe ser tutelada por adultos, lo cual anula su autonomía y capacidad de incidencia. Se espera que participen, pero no que propongan. Que se movilicen, pero no que cuestionen el poder. Que voten, pero no que se postulen.

Representación simbólica vs. participación real

En los últimos años ha habido una mayor visibilidad de jóvenes en el ámbito público. Redes sociales, protestas, movimientos feministas, causas climáticas, colectivos estudiantiles y comunitarios han sido protagonizados por juventudes diversas y combativas. Sin embargo, esta presencia simbólica no se ha traducido en una representación sustantiva.

La participación juvenil en cargos públicos o espacios de diseño de políticas sigue siendo marginal. Las estructuras partidistas tradicionales reproducen jerarquías adultocéntricas y clientelares que obstaculizan el acceso de jóvenes a posiciones de poder. Incluso cuando logran participar, muchas veces son colocados como “relleno” para cumplir cuotas sin voz ni voto.

En otras palabras, hay una diferencia profunda entre “ser visibles” y “ser escuchados”, entre “estar presentes” y “decidir”.

Juventudes diversas, demandas diversas

Hablar de juventud en singular es un error frecuente. No existe una única juventud, sino muchas: urbanas y rurales, indígenas, migrantes, con discapacidad, afrodescendientes, disidencias sexuales, con estudios universitarios o sin acceso a educación. Cada una vive realidades distintas, y por tanto, tiene demandas diferentes.

Un enfoque interseccional es clave para que las políticas públicas y los mecanismos de participación no reproduzcan desigualdades ni invisibilicen a quienes enfrentan múltiples formas de discriminación. No basta con incluir jóvenes: hay que incluir todas las juventudes.

El desafío institucional: abrir el poder

Para que la participación juvenil sea real, se necesitan cambios estructurales:

1. Garantizar el acceso de jóvenes a cargos públicos mediante mecanismos de acción afirmativa o reformas que eliminen barreras legales, económicas y partidistas.

2. Transformar los modelos de participación más allá de consejos consultivos simbólicos, hacia espacios con capacidad de incidencia real.

3. Promover presupuestos participativos juveniles, donde sean ellos quienes decidan en qué invertir recursos públicos en sus comunidades.

4. Incorporar educación con enfoque en derechos humanos, en todos los niveles educativos, para formar ciudadanía activa desde edades tempranas.

5. Apoyar emprendimientos juveniles sociales y políticos, no solo productivos, como forma de ejercer poder y construir comunidad.

Existen múltiples ejemplos en México y América Latina de jóvenes liderando procesos de cambio:

Colectivos feministas que han impulsado leyes contra la violencia digital o a favor de los derechos sexuales.

Organizaciones juveniles indígenas que defienden sus territorios con herramientas tecnológicas y legales.

Juventudes que participan en observatorios ciudadanos, consejos municipales, o que han sido electos como regidores, diputadas o alcaldes.

Estas experiencias demuestran que cuando se les brinda espacio y respaldo, las juventudes no solo participan, sino que transforman el poder público con creatividad, honestidad y visión a largo plazo

 No se trata de darles voz, sino de ceder espacio

Las juventudes no necesitan que “se les dé voz”; ya la tienen. Lo que necesitan es que se les escuche y se les abra espacio en la toma de decisiones. Dejar de verlas como amenaza, competencia o discurso aspiracional, y comenzar a reconocerlas como aliadas estratégicas para reconfigurar un poder público más democrático, diverso y digno.

Escuchar a las juventudes no es un acto de concesión, es un deber democrático. Apostar por ellas no es solo apostar por el futuro, sino también por el presente. Porque el presente también les pertenece.

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